Mehdi Taj, presidente del fútbol iraní, ha sido contundente al manifestar que la integridad de sus jugadores no es negociable. La postura de la federación se endureció drásticamente tras las recientes declaraciones del presidente estadounidense, Donald Trump, quien sugirió que no sería apropiado que el equipo persa compitiera en suelo norteamericano debido a los riesgos de seguridad existentes.
El equipo iraní, ubicado en el Grupo G, tiene programado enfrentar a Bélgica, Egipto y Nueva Zelanda. Originalmente, las sedes designadas para estos encuentros son Los Ángeles y Seattle.
Mover estos compromisos a México representaría un reto de gestión masivo para el comité organizador. Sin embargo, el antecedente de sedes neutrales por conflictos diplomáticos abre una rendija de posibilidad para que estadios como el Azteca o el BBVA se conviertan en el hogar temporal de la selección iraní.
Si la FIFA decide rechazar la solicitud de reubicación, la participación de Irán en la justa mundialista podría cancelarse. El Ministro de Deportes de Irán ya ha adelantado que competir en un país con el que se encuentran en estado de guerra es "prácticamente imposible".
De concretarse la baja, la FIFA se vería obligada a buscar un sustituto de último minuto, una situación inédita en la era moderna del torneo que alteraría por completo la equidad deportiva del grupo.
Pese a la tensión, la Confederación Asiática de Fútbol (AFC) confirmó que aún no existe una notificación de retiro formal. El plan de Irán es agotar todas las vías de negociación para mantenerse en la competencia, siempre bajo la condición de que México funja como anfitrión. El balón ahora está en la cancha de la FIFA, que deberá decidir en las próximas semanas si accede a este cambio histórico o enfrenta la primera deserción por conflicto bélico en décadas.

